Una cuarta vez
Nena, saca la basura, le solía decir su madre. Y ella no contestó.
Nena, por favor, anda, baja la basura, le repetía por segunda vez. Y ella le dijo que no podía.
Estoy cansada, hija, le reiteraba la madre por tercera vez, toma la bolsa y llévala. La hija se hacía la sorda, quizá la madre no volviera a insistir, pero se equivocaba, la madre volvió a insistir por cuarta vez, ella conocía a su hija y sabía que diría que sí.
Venga, hija, yo te acompaño, pero tú llevas la bolsa. Y ella claro, dijo sí. Ella necesitaba una cuarta vez.
¿Es mucho pedir?
¿Es mucho insistir?
E hizo de ello un juego, era divertido que le repitiesen las cosas hasta cuatro veces, ya que ello significaba que de algún modo estaban interesados en ella, y que no era simplemente una pregunta más del tipo aquel, ¿cómo te llamas, bonita?, a la vez que le pellizcaban los mofletes.
Y siguió jugando a aquel juego, incluso cuando cumplió los quince, su mejor amiga le invitó a acompañarla al cine, ella no dijo que si ni que no, habían discutido, se habían enfadado días antes, un enfado de los de siempre, y necesitaba saber si realmente aquello era sincero, su amiga se lo volvió a preguntar por segunda vez, y recibió por contestación que lo estaba pensando, a la tercera vez recibió una contestación similar y como su amiga la conocía y sabía y quería que deseaba acompañarla al cine, se lo preguntó por cuarta vez, y entonces las dos vieron juntas la película titulada la boda de mi mejor amigo.
¿ Era un juego cruel? . Pssch. Dependía del otro, no de ella, ella esperaba hasta cuatro veces, sino, no valía la pena. Y muchas veces se equivocó, realmente muchísimas veces.
Cuando el cura le preguntó por primera vez si quería casarse, bajó la mirada, miró sus manos entrelazadas y guardó un antojadizo silencio.
El sacerdote lo volvió a preguntar por segunda vez, algo confuso y extrañado, ella le miró a los ojos, sonrió, bajó de nuevo la cabeza y atesoró un nuevo y caprichosamente juguetón silencio. El novio le propinó un codazo en el antebrazo, ella dijo, ¡Aauuu¡, se restregó el antebrazo con la otra mano, le miró, sonrió y volvió a observar silencio. El sacerdote le miró a él, increpándole, la miró a ella, con compasión, miró hacia la gente que copaba todos los bancos de la iglesia y sobre la cual se desplegaba un manto de perplejidad, extendió las manos abiertas y levantó por tercera vez la voz, para trasmitir de nuevo la misma pregunta, ¿quieres casarte con él? . Ella alzó la vista, sonrió, dejando entrever sus dientes blancos y pequeños, miró a su novio, de forma alegre y feliz, y bajó de nuevo la mirada, sin contestar, sin hablar, sin decir nada. Esperando, esperando por una cuarta vez la misma pregunta, una cuarta vez que no llegó nunca.
El sacerdote ante el silencio reiterado, dibujó en el aire una cruz, tomó las manos de ella, las colocó encima de las de él, en un gesto tal cual les estuviera diciendo, consultarlo entre ambos, y les dio la espalda, subió los tres escalones del altar, y desde el púlpito explicó que la ceremonia quedaba suspendida momentáneamente.
El público asistente, incrédulo, cuchicheaba, los dos novios, permanecían de pie frente al altar, franqueados por los padrinos. El novio la agarró con las dos manos ,por los antebrazos, la zarandeó, ella le dijo que le hacía daño, no le hizo caso, le arrancó el velo que cubría su rostro y le espetó varias palabras malsonantes e hirientes delante de todos los presentes a la boda, palabras fuertes que hicieron incluso sonrojar a la madrina y hacer abrir de forma desorbitada los ojos, en un signo de estupor y asombro, a los asistentes de los primeros bancos de la iglesia, hasta donde habían llegado con claridad aquellas frases. Ella dejó caer una lágrima, su sonrisa se había transformado en un rictus de amargura, la cuarta pregunta no había llegado, él, irritado, abofeteó su humedecido rostro, ella se tambaleó como un borracho por el golpe, el padrino la sujetó por el talle para que no cayese al suelo, ella miró a aquel que tanto había amado y en sus ojos asomaron nuevas lágrimas, no de dolor, sino de incredulidad y brotó una rabia infinita, su mirada se había convertido en cuchillos que querían asesinarlo.
Te odio, le dijo, Te odio.
Se desprendió de las manos que le sujetaban el talle, miró hacia la gente, que en pie guardaba silencio, se adelantó dos pasos, se volvió de nuevo hasta el altar y gritó:
¡No, padre, no quiero casarme con este hombre!.
Cogió los anillos de mano del padrino y se los arrojó a la cara, a la cara del pretendiente repudiado, y luego muy orgullosa, emprendió rumbo hacia la salida, con la cabeza alta, soberbia, altiva, como un héroe de leyenda triunfador de mil batallas que atraviesa debajo del arco del triunfo, rodeado de sus fieles guerreros, a ella, el público asistente a la ceremonia le tendió un arco triunfal, pero en vez de vítores y pétalos de rosas y espadas entrecruzadas, le acompañaron murmullos, algún grito, algún insulto, muchos lamentos, y sólo un fiel guerrero la escoltaba dos pasos atrás. Cuando atravesó la puerta del templo, ni siquiera miró lo que había dejado a sus espaldas, hasta que unos brazos fuertes la detuvieron, la atrajeron hacia sí y le preguntaron algo que no entendió, de nuevo las lágrimas. El padrino la acompañó hacía el coche nupcial, que esperaba unos metros más allá de la puerta del oratorio, ella entró, él se colocó al volante y arrancó, ella miró por última vez hacia el santuario, la gente se había congregado junto al pórtico, pero su ya ex-prometido no estaba entre ellos.
De rodillas, junto al altar, no alcanzaba a comprender lo que había sucedido, ella había guardado silencio, ¿Por qué?. La quería, pero no la conocía, no sabía que ella necesitaba una cuarta vez, una cuarta pregunta. Se había enfadado, cabreado, se sentía maltratado y a su vez..., la bestia que llevaba dentro había despertado y se reveló.
Cuando el coche se detuvo en las afueras de la ciudad, ella le dijo al padrino que nunca había estado tan enamorada de un hombre como de aquel a quien acababa de rechazar, pero que las palabras que le había arrojado a su cara y la bofetada que le había propinado le habían hecho mucho daño, le habían herido tan profundamente que no deseaba volver a verlo nunca y que gracias a la tontería estúpida de su juego infantil había descubierto quien era ese hombre con el que había mantenido una relación tan estrecha durante los últimos tres años, ahora sabía realmente quien era y qué podía llegar a ser.
Y ella jamás le diría a él porque necesitaba que las personas le preguntasen hasta cuatro veces antes de poder responder a una pregunta tan importante.
Para terminar la historia en condiciones, debéis de saber que a lo largo de unos años, aceptó como compañero sentimental, al padrino de su fracasada boda, pero nunca firmó un contrato marital, pues afirmaba que los curas únicamente preguntaban tres veces.
Nena, por favor, anda, baja la basura, le repetía por segunda vez. Y ella le dijo que no podía.
Estoy cansada, hija, le reiteraba la madre por tercera vez, toma la bolsa y llévala. La hija se hacía la sorda, quizá la madre no volviera a insistir, pero se equivocaba, la madre volvió a insistir por cuarta vez, ella conocía a su hija y sabía que diría que sí.
Venga, hija, yo te acompaño, pero tú llevas la bolsa. Y ella claro, dijo sí. Ella necesitaba una cuarta vez.
¿Es mucho pedir?
¿Es mucho insistir?
E hizo de ello un juego, era divertido que le repitiesen las cosas hasta cuatro veces, ya que ello significaba que de algún modo estaban interesados en ella, y que no era simplemente una pregunta más del tipo aquel, ¿cómo te llamas, bonita?, a la vez que le pellizcaban los mofletes.
Y siguió jugando a aquel juego, incluso cuando cumplió los quince, su mejor amiga le invitó a acompañarla al cine, ella no dijo que si ni que no, habían discutido, se habían enfadado días antes, un enfado de los de siempre, y necesitaba saber si realmente aquello era sincero, su amiga se lo volvió a preguntar por segunda vez, y recibió por contestación que lo estaba pensando, a la tercera vez recibió una contestación similar y como su amiga la conocía y sabía y quería que deseaba acompañarla al cine, se lo preguntó por cuarta vez, y entonces las dos vieron juntas la película titulada la boda de mi mejor amigo.
¿ Era un juego cruel? . Pssch. Dependía del otro, no de ella, ella esperaba hasta cuatro veces, sino, no valía la pena. Y muchas veces se equivocó, realmente muchísimas veces.
Cuando el cura le preguntó por primera vez si quería casarse, bajó la mirada, miró sus manos entrelazadas y guardó un antojadizo silencio.
El sacerdote lo volvió a preguntar por segunda vez, algo confuso y extrañado, ella le miró a los ojos, sonrió, bajó de nuevo la cabeza y atesoró un nuevo y caprichosamente juguetón silencio. El novio le propinó un codazo en el antebrazo, ella dijo, ¡Aauuu¡, se restregó el antebrazo con la otra mano, le miró, sonrió y volvió a observar silencio. El sacerdote le miró a él, increpándole, la miró a ella, con compasión, miró hacia la gente que copaba todos los bancos de la iglesia y sobre la cual se desplegaba un manto de perplejidad, extendió las manos abiertas y levantó por tercera vez la voz, para trasmitir de nuevo la misma pregunta, ¿quieres casarte con él? . Ella alzó la vista, sonrió, dejando entrever sus dientes blancos y pequeños, miró a su novio, de forma alegre y feliz, y bajó de nuevo la mirada, sin contestar, sin hablar, sin decir nada. Esperando, esperando por una cuarta vez la misma pregunta, una cuarta vez que no llegó nunca.
El sacerdote ante el silencio reiterado, dibujó en el aire una cruz, tomó las manos de ella, las colocó encima de las de él, en un gesto tal cual les estuviera diciendo, consultarlo entre ambos, y les dio la espalda, subió los tres escalones del altar, y desde el púlpito explicó que la ceremonia quedaba suspendida momentáneamente.
El público asistente, incrédulo, cuchicheaba, los dos novios, permanecían de pie frente al altar, franqueados por los padrinos. El novio la agarró con las dos manos ,por los antebrazos, la zarandeó, ella le dijo que le hacía daño, no le hizo caso, le arrancó el velo que cubría su rostro y le espetó varias palabras malsonantes e hirientes delante de todos los presentes a la boda, palabras fuertes que hicieron incluso sonrojar a la madrina y hacer abrir de forma desorbitada los ojos, en un signo de estupor y asombro, a los asistentes de los primeros bancos de la iglesia, hasta donde habían llegado con claridad aquellas frases. Ella dejó caer una lágrima, su sonrisa se había transformado en un rictus de amargura, la cuarta pregunta no había llegado, él, irritado, abofeteó su humedecido rostro, ella se tambaleó como un borracho por el golpe, el padrino la sujetó por el talle para que no cayese al suelo, ella miró a aquel que tanto había amado y en sus ojos asomaron nuevas lágrimas, no de dolor, sino de incredulidad y brotó una rabia infinita, su mirada se había convertido en cuchillos que querían asesinarlo.
Te odio, le dijo, Te odio.
Se desprendió de las manos que le sujetaban el talle, miró hacia la gente, que en pie guardaba silencio, se adelantó dos pasos, se volvió de nuevo hasta el altar y gritó:
¡No, padre, no quiero casarme con este hombre!.
Cogió los anillos de mano del padrino y se los arrojó a la cara, a la cara del pretendiente repudiado, y luego muy orgullosa, emprendió rumbo hacia la salida, con la cabeza alta, soberbia, altiva, como un héroe de leyenda triunfador de mil batallas que atraviesa debajo del arco del triunfo, rodeado de sus fieles guerreros, a ella, el público asistente a la ceremonia le tendió un arco triunfal, pero en vez de vítores y pétalos de rosas y espadas entrecruzadas, le acompañaron murmullos, algún grito, algún insulto, muchos lamentos, y sólo un fiel guerrero la escoltaba dos pasos atrás. Cuando atravesó la puerta del templo, ni siquiera miró lo que había dejado a sus espaldas, hasta que unos brazos fuertes la detuvieron, la atrajeron hacia sí y le preguntaron algo que no entendió, de nuevo las lágrimas. El padrino la acompañó hacía el coche nupcial, que esperaba unos metros más allá de la puerta del oratorio, ella entró, él se colocó al volante y arrancó, ella miró por última vez hacia el santuario, la gente se había congregado junto al pórtico, pero su ya ex-prometido no estaba entre ellos.
De rodillas, junto al altar, no alcanzaba a comprender lo que había sucedido, ella había guardado silencio, ¿Por qué?. La quería, pero no la conocía, no sabía que ella necesitaba una cuarta vez, una cuarta pregunta. Se había enfadado, cabreado, se sentía maltratado y a su vez..., la bestia que llevaba dentro había despertado y se reveló.
Cuando el coche se detuvo en las afueras de la ciudad, ella le dijo al padrino que nunca había estado tan enamorada de un hombre como de aquel a quien acababa de rechazar, pero que las palabras que le había arrojado a su cara y la bofetada que le había propinado le habían hecho mucho daño, le habían herido tan profundamente que no deseaba volver a verlo nunca y que gracias a la tontería estúpida de su juego infantil había descubierto quien era ese hombre con el que había mantenido una relación tan estrecha durante los últimos tres años, ahora sabía realmente quien era y qué podía llegar a ser.
Y ella jamás le diría a él porque necesitaba que las personas le preguntasen hasta cuatro veces antes de poder responder a una pregunta tan importante.
Para terminar la historia en condiciones, debéis de saber que a lo largo de unos años, aceptó como compañero sentimental, al padrino de su fracasada boda, pero nunca firmó un contrato marital, pues afirmaba que los curas únicamente preguntaban tres veces.
1 comentario
white -
Me ha gustado, me ha gustado, me ha gustado, me ha gustado mucho.